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sábado, 23 de febrero de 2013

El Lechero torero

                                                          Trafugario
Por: JOSE OSCAR FAJARDO                                                  
Hace cerca de mes y medio en esta columna yo demostraba teóricamente y a partir de los hechos, por qué debía acabarse la corrida de toros denominada La Corraleja, de los primeros de enero, muy divertida entre otras cosas, en el Manicomio más grande del mundo. 
Y de los infinitos argumentos que exponía y sigo exponiendo, es la incapacidad humana, mental, física, cognoscitiva, intelectiva, racional, de voluntad, de deseo, de interés y 400 mil causales más, que tiene una persona ese primero de enero a las cuatro de la tarde, hora de la tal Corraleja, cuando lleva tres o cuatro días bebiendo trago, cerveza, guarapo chirrinche y otros, y además, en muchísimos casos, media libra de “pastoloco”, bazuco, perica, raíces de borrachero, migas de adormidera, suela raspada de zapatos de loca, y el espíritu santo sabrá qué otras porquerías más. Sostengo que eso es un suicidio personal o colectivo al que van los individuos, mental y físicamente en estado de indefensión.
Mi teoría quedó demostrada cuando ese día, tambaleándose como una palmera de playa Jaimito  Luengas, casi eptagenario, muy amigo de todos y no el lechero sino el magnate  de los lácteos, se le ocurrió aritmética, fría y unilateralmente mandársele al toro. Hago una reminiscencia.  Ha muchos años a un muchacho del Manicomio que siempre quiso ser torero pero que no pudo serlo no por falta de talento sino porque no le cabían los testículos entre el traje de luces, la alternativa se la dio el Indio Carare, torero famoso de la época, y la trilla se  la dio el cuadrúpedo con cachos.
Cuentan que el toro lo adió desde que lo vio allá parado inmóvil como un poste de la luz con un capote en las manos, y luego de hacerle una mirada espantosa se le mandó encima energúmeno al torero, lo tumbó a la arena, lo revolcó hasta hacer un hueco en el piso, lo arrastró enseguida como a un guiñapo desgraciado, le hizo el vestido trizas como si lo hubieran pasado por una licuadora gigante, le hinchó ambos ojos como en una pelea de comadres borrachas, le rasguñó con profundidad el cachete derecho y finalmente le mordió la nalga izquierda que, después de 30 años del suceso, todavía el torero, amigo mío, la tiene completamente amoratada. Dios quiera que no le llegue esta columna a sus manos porque mi vida corre peligro. (Ahora es un neo-rico y lógicamente tiene pistolas). Pues a Jaimito Luengas le pasó lo mismo. O no lo mismo pero sí algo extremadamente parecido. Y como tiene más pelo un revólver montado y le brilla para esa calva la luz perpetua, entonces se le nota perfectamente el puntaje obtenido (costura quirúrgica)  que le va desde la frente de su cara hasta el norte de las yeguas cuando van para el sur (xxxx). Jaimito todavía tiene un ojo colombino, exactamente por el que más ve, ya que el otro se encuentra en stand by como secuela de una catarata. 
Jaimito, después del incidente de la plaza de toros en que el toro le insertó un cacho sin dejarle huella ni cicatriz alguna, como a la mayoría de adolescentes, por culpa de una inocente borrachera, no duerme sosegadamente, tiene unas pesadillas horribles, dejó de cantar rancheras y suspendió el negocio de vender leche. Nosotros sus amigos que lo estimamos, le pedimos respetuosamente a los organizadores suspender ese tipo de diversiones feriales, pues sería demasiado aberrante que todos los muchachos del Manicomio terminaran discapacitados por conducto de un toro vilipendiado. Porque como ustedes sanamente pueden colegir, estas dos víctimas son personas sumamente prestantes en el municipio de Barbosa.        

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