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sábado, 11 de octubre de 2014

De las Ardillas y las percantas

                                                        Trafugario
                                                     Por: José Oscar Fajardo  
Desde cuando Radio Atalaya quedaba donde hoy queda una residencia para mayores de edad con deseos de ejecutar su idoneidad con sus aparatos genitourinarios, es decir hacer el amor, y donde yo hice mi semestre de práctica para graduarme de Comunicador Social, en la emisora, no en la residencia, como cualquier guache pudiera endilgarme el desliz, acostumbraba a sentarme en el escaño que quedaba y aún queda al frente de la entrada de la emisora en el parque Antonia Santos, a esperar a Jorge Pertuz, quien a la sazón era mi socio en el noticiero del mediodía. Y siempre fijaba severamente mi atención en las ardillas, no en las percantas  dado que todavía no había aterrizado allí, y me divertía porque veía que eran muchas las ardillas, no las percantas, que llegaban a refocilarse  sobre los árboles. Llegaban no. Vivían allí puesto que ese ha sido su hábitat, de las ardillas, no de las percantas, porque está comprobado científicamente que a una percanta le queda muy difícil vivir en un árbol a siete o diez metros de altura y sobre todo ejercer su legendaria profesión.  Muy verraco. Pero sí recuerdo que había muchas ardillas veloces y nerviosas como son ellas, las ardillas, no las percantas, y que le daban un colorido y un ambiente al parque como si en realidad estuviera uno en una pequeña selva de ardillas y de animales silvestres. Reitero que ese es su legítimo hábitat donde ellas nacieron y crecieron. Aclaro: las ardillas, no las percantas.
Muchos años después, frente a un pelotón de percantas que cada día aumenta en grado superlativo, uno ve como disminuyen las ardillas, también en grado superlativo, a tal extremo que ya las puede contar, e incluso reconocerlas una por una y además, testimoniar como están de disminuidas anatómicamente en su contextura por física hambre o por falta de insumos de alimentación. Incluso hay un pensionado sinvergüenza él, que frecuenta este lugar, que les puso nombre o apodo de pelandusca a las ocho o diez infelices ardillas que sobreviven milagrosamente. Y las reconoce perfectamente como si en verdad se tratara de pelanduscas. Grita, Lorena, con un supercoco en la mano y una ardilla que él conoce con minucia, baja del árbol a recogerla. Luego grita, Marisol, con otro dulce en sus dedos y el esquelético animal corre a recibirlo. Me sorprendió hace unos días que tomábamos tinto y él sacó un dulce de los ya consabidos y gritó, Vacamuerta, y una ardilla más flaca que todas llegó a la cita con el de los dulces. A mí eso me produce mucha risa pero me da pesar con los animalitos porque sin lugar a dudas, se están extinguiendo.
Como presumo que ustedes estarán creyendo que estoy mamándoles gallo, y que como además este es un desastre ecológico urbano sin precedentes, yo los reto y los conmino a que un día de estos  el doctor Luchito Bohórquez alcalde la localidad, el director de este periódico, Rafael Serrano, el periodista Aníbal Morales, jefe de prensa de la alcaldía, el señor presidente del concejo y los respectivos concejales y demás autoridades masculinas, aclaro, masculinas, civiles, eclesiásticas y militares, acudan con respeto y devoción y con sus respectivas consortes para que no vayan a presentarse malos entendidos y tristes separaciones, al citado lugar a ver el luctuoso final de las encantadoras ardillas, no de las percantas, y tomen cartas en el asunto dado que, repito, es un desastre ecológico lamentable y puede a su vez estarse presentando en otros nichos ecológicos de la ciudad. Y nosotros los ciudadanos de bien, de bien entendido bien, podemos estar asistiendo al terrible final de las preciosas ardillas, no de las percantas, como pudiera llegar a pensarse o interpretarse y esto ser aprovechado por la oposición en las próximas elecciones.      

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