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martes, 22 de marzo de 2016

ABYECCION

Por: Gerardo Delgado Silva
El delito es: “una conducta típica, antijurídica y síquicamente referible a un sujeto”.
El acto o conducta debe desarrollar en el mundo de los acontecimientos, del ser y el existir, todas y cada una de las características objetivas de la facti-species o tipo legal-penal.  El acuerdo o correspondencia del hecho (delito acontecimiento) con el tipo legal (delito-instituto jurídico) es lo que se llama la “tipicidad”.  El tipo jurídico es el punto de partida para el estudio de la teoría general del delito y este consiste, en el conjunto de los elementos descritos es una norma penal que debe caracterizar el hecho humano prohibido u ordenado por la ley penal.
De esto se deduce que en todo delito se debe descubrir el tipo de la conducta, el tipo de la referibilidad síquica y el tipo de la antijuridicidad.
Entiende la doctrina que son autores todos los que contribuyen eficientemente en la comisión de la conducta punible, con conocimiento y voluntad de perpetrarla.  Así puede predicarse, de la solidaridad de los eufemísticamente llamados “Doce Apóstoles”, grupo paramilitar dedicado a asesinar a quienes señalaba como colaboradores de la guerrilla, crímenes horripilantes de lesa humanidad.  Grupo cofundado por el señor Santiago Uribe, hermano del expresidente, Álvaro Uribe, con unos poderes tenebrosos, gigantescos, terroristas, según el conocimiento social que tuvo y tiene Colombia.  La conservación de lo malo en la duda de lo bueno, un drama ético profundo.  Son desalmados, y la muerte horrenda que los paramilitares han dado a tanta gente, produce escalofrío.  Ni hablar del barrido que han hecho de la intelectualidad independiente.  Decir que son genocidas no debe tapar el sol con las manos: los paramilitares son un fenómeno militar, social y político.
Como lo mostraron informes publicados por la prensa, la Fundación Progresar y otras ONG, más que luchar entre grupos armados, lo que hubo en esos años fue una campaña de exterminio por parte de los “paras” contra sectores sociales específicos, buscando el control de toda una sociedad.  A narcos tradicionales se sumaron nuevos personajes, y todos tejieron alianzas con los paramilitares.  Inyectaron en la política sumas millonarias, ganado control en alcaldías, consejos y asambleas, capturando dineros públicos y negocios ilegales, comprando la seguridad ciudadana, adquiriendo tierras y construyendo viviendas que rememoran la ostentación de los Gacha y Escobar.
Lo único que faltaba por esas épocas, al tétrico panorama de corrupción que ha tenido desde hace años el sector de la salud, hay que sumarle que desde el 2004, lo dineros destinados a proteger la de los doce millones de colombianos más pobres fueron a parar a las arcas de los paramilitares y terminaron siendo utilizados para comprar armas, alimentar el narco tráfico y engendrar aún más la guerra.
El Señor Santiago Uribe, arreció con otros, los vendavales de la inmoralidad y la violencia como las tormentas de la subversión.
Colombia no quería advertir los peligros que nos amenazaban, los abismos insondables que estábamos orillando.  Éramos indiferentes a las claudicaciones, a la iniquidad que estaban al descubierto.
De ahí, que en el libro Mi Confesión de Carlos Castaño, el jefe paramilitar aterrador, al referirse a Álvaro Uribe en el 2001, con acusadora precisión manifestó que: “la base social de la autodefensa lo considera su candidato presidencial. Álvaro Uribe le conviene al país. ¿Y por qué? Porque “en el fondo es el hombre más cercano a nuestra ideología” (la negrilla es mía).
Colombia conoce los horrores de la conducta delictual cometida por los “Doce Apóstoles”, de Santiago Uribe en concierto para delinquir, que tuvo su apogeo criminal durante el mandato de su hermano Álvaro cuando fue Gobernador de Antioquia. 
Ante la imposibilidad de recibir y de darse un certificado de virtud, el señor Jorge Cuarenta, jefe paramilitar tenebroso, se imaginó que al crear los llamados por él, “distritos electorales”, para elegir al señor Álvaro Uribe Vélez, estaba pretendiendo hacer la luz en Colombia.  Un hipotético nirvana.  Empero. Todo el mundo lo sabe, fue ese periodo del mandato de Uribe, una catástrofe total.  Y bien. No podemos olvidar, que en el sepelio del padre de los Uribe Vélez cayó un diluvio de flores que desde una avioneta de Pablo Escobar el mayor narcotraficante del mundo, se lanzaron para abrumar a Colombia.
Todo esto nos permite advertir que las cabezas de todos los colombianos, están amenazadas en tanto pregonen y practiquen la decencia y la moral.  Es posible que se piense mal de la insistencia en que los valores, tan descaecidos ya, se preserven y se evite un mayor desmoronamiento de los mismos. 
Pero mientras sea necesario defenderlos y salvar el efecto benéfico que tienen en una sociedad, organizada, como por el contrario lo está haciendo el actual gobierno nacional, tendremos que hacerlo en la seguridad de que con ello estamos protegiendo los principios fundamentales que rigen la conducta humana. 
Por eso, creemos indispensable la existencia de una justicia abierta y franca, y no la de un sistema judicial interferido por un sinnúmero de factores que lo tornan inútil y desguarnecido.
Por fin, la justicia colombiana ha procedido a encarcelar al Señor Santiago Uribe a nombre y representación del estado soberano, por la gravedad de los crímenes de los “Doce Apóstoles”,  que no han hecho cosa distinta que violar el orden jurídico y pisotearlo. 
Es un gran paso hacia la paz.  Este Señor es uno de los que la violencia marco. Sólo quiere la guerra como profesión. La guerra, señala Herrera Luque, “regresa al hombre a niveles primitivos” y le devuelve “placeres atávicos” de los que lo privan la paz y la civilización: el crimen, el incendio, el pillaje y la destrucción.
La medida de aseguramiento referida, resalta la dignidad, honradez y coraje de la administración de justicia, por ser su esencia inalterable. En puridad de verdad el verdadero sentido de la vida debe encontrarse en la aplicación correcta de la justicia como en este caso.

                                                                            Columna para: www.Bersoahoy.co

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