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lunes, 6 de junio de 2016

El país más loco del mundo

                       Trafugario
Escribe José  Oscar Fajardo 
Lo más bello que tiene la literatura es que le permite al ser humano que así lo quisiere, decir todo lo que ve y piensa del mundo que lo rodea. Por ejemplo, si mis detractores supieran lo que yo pienso de ellos, ya me habrían matado. Y así cosas por el estilo. Historia oficial del amor, es la más reciente novela del escritor Ricardo Silva Romero, y de donde se puede deducir que, “Esta  es una explicación perfecta de este país incomprensible: una explicación de su suerte y de su naturaleza feroz, de sus delirios, de sus equívocos a toda prueba”. Y en unos párrafos más adelante “…nos habla de una sociedad enloquecida y sectaria. Una sociedad partida en dos, incendiada por sus políticos mesiánicos, por sus dañinos redentores que no concebían que nadie pensara distinto a ellos”. Vaya, vaya, vaya. Yo no puedo creer que ser uno bruto tenga tanto problema, se me da a mí por decir. Claro porque la guerra es la hija legítima de la brutalidad. Qué descripción tan hermosa y a la vez pavorosa que hace el escritor sobre la realidad colombiana porque estas frases están vigentes ahora más que nunca. “Incendiada por sus políticos mesiánicos” es una frase que nos llega a los colombianos hasta los tuétanos. Colombia siempre ha sido un circo político con payasos nefastos. Pero con esto de la paz, de la negociación del conflicto y del diseño del posconflicto, del plebiscito, se han visto cosas que no las había imaginado escritor alguno para sus novelas de ficción, y ni siquiera están consignadas en El Delfín, de Alvaro Salóm Becerra, un mamador de gallo a diestra y siniestra que fue capaz de desafiar a los políticos. Es que ver uno a un cristiano de dios, de raca mandaca, doctor en Derecho y profesor universitario, además de Procurador General de la Nación, con un crucifijo en la diestra husmeando a ver quién no está de acuerdo con él para romperle la cabeza a “cristasos”, es un situación de sainete que no se le ocurrió ni de fundas al candidato a la presidencia de Crazy Port, doctor Nabucodonosor Cristanchi Acelga de las Huertas en su alocada novela “La increíble estupidez de los difuntos”, autoría de este modesto escritor. Uno no puede concebir que haya gente adicta a la guerra cuando los principios elementales del psicoanálisis dictaminan así a vuelo de pájaro y de entrada que, “el hombre nace para el placer”. Que el hombre es hedonista, incluso desde su Inconsciente, por naturaleza propia. Uno no puede, o lo queda difícil aceptar, que haya políticos con suficiente poder para paralizar al país, incitando a la guerra como si estas se hicieran no con fisiles y sangre sino con pétalos de rosas. Y lo más increíble es que en ello anden doctores en Derecho, especializados en Penal, en Derechos Humanos, en Política Internacional, laboralistas, filósofos, profesores universitarios y otro tipo de “pensadores”. Los señores que solo han visto la guerra por la televisión encamados con sus mocitas allá en el norte de la capital, y así a todos los ciudadanos que comulgan con la misma idea como asnos comiendo heno, que piensen y apliquen que la guerra no es más que el fracaso de la inteligencia. Políticos mesiánicos o dioses terrenales que todavía no les alcanza mil, dos millones de dólares para vivir sin tremendos “sacrificios” el resto de sus vidas y todavía jodiendo. Dañinos redentores que solo buscan salvaguardar sus tesoros extraídos de las tripas de los más llevados que estarán así, o empeorando, hasta que  algún día  termine la eternidad, y ellos jodiendo.      

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