Para los especialistas en ciencia política, este fenómeno envuelto en el
"afán maquiavélico" amenaza las instituciones que mantienen la
división del poder. La opinión pública sabe bien que la base de la gobernanza
es una manera de administrar el país basada en la cooperación y el diálogo
entre el Estado, los gremios y la sociedad civil para tomar decisiones de interés
público.
Lamentablemente, el maquiavelismo está llevando a este gobierno a
la inútil práctica de la manipulación maniquea, combinada con una
evidente incapacidad para estructurar procesos de formulación y emitir actos
administrativos técnicos.
Esa arcaica práctica de la manipulación quizás tuvo algún resultado en
la antigüedad (el viejo mundo), cuando los gobernantes utilizaban la doctrina
religiosa para hacer y deshacer con un pueblo acobardado por la época y las
circunstancias. Pero hoy, en pleno siglo XXI, el pueblo ya no se acobarda.
Un hecho visible de esta manipulación maniquea quedó demostrado con el
sonado caso, de trascendencia nacional e internacional, del director del DANE,
una entidad técnica e independiente. El Gobierno pretende manipular sus
resultados y confundir a los colombianos con datos entregados caprichosamente
para engañar de forma reiterada a la opinión. Recordemos que el director del
DANE, con apenas un mes en el cargo, fue destituido por De la Espriella tras
organizar una rueda de prensa para divulgar resultados técnicos.
Ese episodio aceleró los efectos negativos en los sectores gremiales y
técnicos. Fue una demostración de la manipulación maniquea que se quiere
imponer, bajo la narrativa de que este gobierno representa lo bueno sobre la
tierra y el resto es lo malo.
Aquí es donde hay que despertar, despejar incógnitas y afirmar que,
cuando la gestión pública se mide por el termómetro de la adulación que circula
en los medios corporativos y las redes sociales, y no por la solidez técnica de
sus ejecutorias, la improvisación gana la partida. En ese punto, el afán
maquiavélico por el aplauso arrasa con la gobernanza y se precipita al fracaso.
Los grandes estudiosos sostienen que el maquiavelismo, al forjar una
personalidad egocéntrica, eleva a extremos de grandeza al jefe de Estado y a
algunos funcionarios. Estos piensan haber llegado a la cúspide para actuar
llenos de una incontrolada ambición, desconociendo la realidad en la que
vivimos.
La manipulación ha caracterizado a este gobierno desde sus inicios,
apelando a pretensiones maniqueístas para dividir a los colombianos a través de
una estrategia discursiva y politiquera. Por fortuna, distintos sectores
sociales y económicos ya la vieron venir, advirtiendo el riesgo de volver a
las viejas prácticas de la antigüedad, donde se utilizaban falsos conceptos
para manipular a quienes consideraban inferiores. De hecho, el propio De la
Espriella utilizó el término "cafres" para referirse despectivamente
a los colombianos.
Es ahí donde radica la trampa del "gobernante de fachada". Colombia no puede llegar a
los extremos más bajos con un gobernante que reciba órdenes externas bajo el
señuelo de las ayudas, anulándolo por completo mientras otros toman las
decisiones. El país no puede, de ninguna manera, despojarse de su independencia
para entregarle el poder a foráneos.
En Colombia, la verdadera clase dirigente, los sectores económicos y la justicia no pueden tolerar a un mandatario que actúe como el simple "firmón" de leyes inspiradas por extranjeros; un presidente que pronuncie discursos con órdenes ocultas y apariencia engañosa para dar la impresión de ser el jefe, cuando solo cumple mandatos de otros. Al final, la trampa del gobernante de fachada no solo engaña a los ciudadanos; termina por atrapar al propio mandatario en un teatro donde la banda presidencial es real, pero el poder le pertenece a alguien más. Y... complementemos esta columna con Los Danieles
















