El sentimiento colectivo oscila entre el miedo y la angustia, porque las
gentes temen que en un gobierno integrado por los amigos personales y asociados
del mandatario, que no está dispuesto a reconciliarse con nadie sino a ejercer
represalias contra quienes lo han criticado o se atreven a hacerlo aún y a
imponer su omnímoda voluntad, puedan venir las arbitrariedades y la
persecución. A eso se suma el hecho inocultable de la resurrección del
“Monstruo” Laureano entronizada en este gobierno, con dos de sus nietos, uno
como ministro de Hacienda y el otro como senador, este último litigando en
causa propia contra la JEP, y de contera el bisnieto que en campaña hacía
anuncios no solamente de intolerancia sino de su personal deseo de cobrar
venganzas.
Desde que inicié mi periplo como columnista en marzo de 1998, he
recibido señales hostiles de todos los gobiernos, unos más que otros, pero lo
de ahora es en serio. En efecto, cada vez es más frecuente que personas
desprevenidas a quienes no conozco se aproximan advirtiendo “cuídese”, “no se
exponga”, “no salga solo”. Tienen miedo y presienten que en este gobierno todo
es posible. Ando con mi conciencia tranquila y por eso ni siquiera se me ha
ocurrido pedir protección del Estado, mucho menos en este régimen. Si algo ha
de pasar, ya se sabrá de dónde proviene cualquier agresión. No en vano se sabe,
por boca del propio Abelardo, que él conserva una lista de 13 columnistas con
los que tiene cuentas de rencor pendientes, dentro de los cuales es muy
probable que hayan estado Ana Cristina Restrepo, Camila Zuluaga y Vladdo, de
quienes ya conocemos la suerte que han corrido.
Muchos están temerosos con la altanería de Abelardo. Unas veces amenaza
al gobernador de Nariño y le lanza advertencias sencillamente inaceptables; en
otras, desfila entre muertos envueltos en bolsas blancas, o lidera
aparentemente operativos exhibiendo un arma al cinto, imagen que solo vimos del
dictador Saddam Husein, quien como jefe de Estado solía presidir
manifestaciones con un rifle que disparaba en medio de las ovaciones de sus
sometidos seguidores.
Pero sobre todo lo que desconcierta y atemoriza es el discurso violento
y provocador de Abelardo con su sartal de advertencias de que él, y sólo él,
acabará con los narcos y los delincuentes, que bien conoce desde sus tiempos
cercanos a Mancuso; o cuando con su dedo inquisidor en televisión o en sus
apariciones públicas transmite el nefasto mensaje de que aquí solamente
sobrevivirán quienes piensen como él y sus subalternos, muchos de los cuales ya
han mostrado su falta de grandeza y equilibrio, como la bocona directora del
ICBF, o el tontazo director del Instituto Caro y Cuervo, y varios de sus
ministros, para solo limitar a estos esa peligrosa y hostil nómina.
A quienes ingenuamente creíamos conocer a Rodrigo Lara e Iván Cancino,
por haberlos visto deambular en el Externado —cuando esta Universidad no estaba
en manos y al servicio de la satrapía que hoy la mal gobierna y la usufructúa—,
ya el poder los transformó, porque han aprendido a ejercer la lucrativa
industria del odio, de la que habla la española Inma Caballero. Vivir para
verlo. No fue sino que los nombraran y los llenaran de escoltas y carros
blindados para que se desnudaran y se sometieran a todo.
Si indispone ver a los nuevos hombres de Estado pavoneándose en el
ejercicio del poder que suponen vitalicio, con mayor razón comprobar cómo
personas buenas en vez de admirar al gobierno que apenas comienza, sienten
desconfianza y pánico. El régimen rodeado de lisonjas no advertirá lo que está
cocinando y es probable que cuando lo haga ya no haya regreso.
Fuente: Tomado de El Espectador
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