Resulta que unos que se preciaban de ser dirigentes, de muchas regiones del país, quisieron hacer del Congreso de la república (rama del poder) su finca privada o su estilo de dominio para maltratar al pueblo negándole sus derechos. Si, se le atropellaron derechos, negándose hacer las reformas que el país necesita. Por ejemplo, la salud. Esos políticos se apoltronaron de la ley 100 hecha para crear EPS y facilitar que unos pocos se apoderaran del dinero de la salud y se enriquecieran sin control, ganancias de las que al parecer disfrutaban algunos o muchos políticos. Durante 3 años el actual gobierno lucho para hacer la reforma a la salud y no se logró, porque unas llamadas mayorías en el Senado (Comisión 7) lo impidió.
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| Estos son algunos de los fracasados en política |
Uno de los golpes más simbólicos lo recibieron figuras de la llamada
“política alternativa”. Por ejemplo, la senadora Angélica Lozano, quien
en su momento fue una de las congresistas más votadas del país, sufrió una
caída estrepitosa en las urnas. De ser una figura central de su movimiento pasó
a convertirse en uno de los nombres más sonoros de la derrota electoral.
A su lado cayó también Katherine Miranda, otra dirigente que durante años capitalizó el discurso anticorrupción y de renovación política. Las urnas, sin embargo, fueron implacables con quienes prometieron ser distintos y terminaron navegando en las mismas aguas de la política tradicional.
Pero las derrotas no fueron exclusivas del centro político. En la
izquierda también hubo caídas significativas. El histórico dirigente Jorge
Enrique Robledo, durante décadas uno de los congresistas más visibles del
país, tampoco logró sobrevivir al nuevo reacomodo electoral. El mismo destino
alcanzó a figuras como Inti Asprilla, quien también quedó por fuera del
Senado.
Y, por otra parte, en el campo de las aspiraciones presidenciales, la derrota fue aún más ruidosa. El
exalcalde de Medellín Daniel Quintero Calle, que aspiró proyectarse como figura
nacional, terminó enfrentando un revés contundente en las consultas políticas,
donde su propuesta no logró despertar el entusiasmo que él mismo había
anunciado.
Algo similar ocurrió con el experimentado político Roy Barreras,
quien también sufrió un duro golpe electoral en su intento por posicionarse
dentro de su propia coalición.
La lista de derrotados no termina allí. También quedaron por fuera del
nuevo Congreso nombres conocidos como, Álvaro Uribe, Luis Eduardo Garzón, Juan
Carlos Losada y Horacio José Serpa, evidenciando que el voto de castigo
no distinguió ideologías.
La política colombiana ha estado marcada históricamente por el
transfuguismo y las alianzas pragmáticas. Pero los votantes parecen estar
enviando un mensaje distinto: las lealtades importan, y los cálculos políticos
que ignoran a las bases terminan pasando factura.
Lo que ocurrió este domingo no fue simplemente una renovación política.
Fue, en muchos casos, un ajuste de cuentas democrático. Durante años, la política colombiana ha
vivido del cambio de camisetas, de alianzas improvisadas y de líderes que
predican una cosa mientras negocian otra.
Más que una simple derrota electoral, lo ocurrido este domingo puede
interpretarse como un ajuste de cuentas en la política. No necesariamente una
venganza en el sentido literal, sino la expresión democrática de ciudadanos que
decidieron retirar su respaldo a quienes consideran que rompieron la confianza
depositada en ellos.
El problema es que los ciudadanos ya no observan la política con la
ingenuidad de antes. Hoy las redes sociales, la memoria colectiva y el
desencanto acumulado hacen que cada contradicción quede registrada.
Y cuando llega el día de votar, ese archivo invisible se abre.
Quizás la principal lección de estas elecciones es que el poder político no es permanente y
que la credibilidad, una vez perdida, es difícil de recuperar.
Por eso estas elecciones dejan una lección incómoda para muchos
dirigentes: el poder puede construirse con alianzas oportunistas, pero también
puede derrumbarse por ellas.
En política, como en la vida, las traiciones suelen tener un precio.
Y en Colombia, ese precio se paga en las urnas. (Apoyo de IA)



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