domingo, 22 de marzo de 2026

La degradación de los partidos es una realidad

Los partidos políticos, pasaron de ser una fuente ideológica, al cuestionado negocio
Columna de opinión

Por: Bernardo Socha Acosta
Los rezagos de lo que fue la verdadera política colombiana, tratan en la actualidad de sobrevivir caminando de la mano del que ha acumulado poder; no poder político, sino de costumbres no muy sanas, que andan enredando incautos, o a los huérfanos de los partidos que fenecieron. También sobreviven de aquellos que más tienen historial de un pasado, tal vez brillante o muchas veces cuestionado.

Lo que queda rezagado de la política se caracteriza por una ausencia casi total de iniciativas para presentar propuestas de beneficio social, y tratan de ejercer la política con una máscara de poder sin credibilidad, utilizando en su mayor parte las tenebrosas herramientas de la mentira, la calumnia y la injuria. Las ideas las cambiaron por la ambición, la codicia y la voracidad por hacer dinero con el trabajo de los colombianos.  

En el país los partidos políticos no murieron de un golpe. No hubo un día exacto para su entierro. Su agonía ha sido lenta, silenciosa y profundamente conveniente para quienes aprendieron a vivir de ellos (los partidos).

Hoy las colectividades políticas existen, pero apenas como cascarones vacíos. Sus actores van tambaleándose sin rumbo.  Lo que antes fueron proyectos ideológicos se transformó en simples vehículos electorales para capturar poder y repartir contratos.

Entonces, para que sirven las ideologías políticas, cuando las corrientes partidistas se degradan y mueren lentamente.

Durante buena parte del siglo XX la política colombiana giró alrededor de dos grandes corrientes: el liberalismo y el conservatismo. Se podía estar de acuerdo o no con sus ideas, pero al menos existían buenas iniciativas. Los partidos representaban visiones de país y tenían líderes con formación política y de honradez.

Ese sistema comenzó a erosionarse con el tiempo y terminó de fracturarse con la apertura política que siguió a la Constitución de Colombia de 1991. Lo que buscaba ampliar la democracia terminó produciendo un efecto inesperado: la multiplicación de partidos sin ideología, sin estructura y sin principios, casi atraídos por el negocio de la política.

Colombia pasó de tener dos grandes partidos a tener decenas de microempresas electorales. Partidos sin ideas, políticos sin lealtades y sin pensamiento social.

Hoy la política colombiana vive un espectáculo que hace algunas décadas habría sido escandaloso: los políticos cambian de partido como quien cambia de camiseta.

Un dirigente puede ser liberal un año, uribista al siguiente, “independiente” después y finalmente miembro de cualquier coalición que le garantice un cupo en la lista al Congreso de la república.

Las colectividades dejaron de seleccionar líderes y empezaron a alquilar avales.

Ese fenómeno explica por qué muchos partidos terminan convertidos en refugio de personas de baja reputación, y de  caciques regionales cuyo único capital político es la capacidad de movilizar votos mediante redes clientelistasa.

La política dejó de girar alrededor de programas y empezó a girar alrededor de maquinarias.

El poder real: los clanes regionales

El verdadero poder político en muchas regiones de Colombia no está en los partidos que fueron respetables; ahora esta lamentablemente en clanes familiares que han aprendido a navegar entre colectividades según la conveniencia del momento.

Los partidos apenas sirven como plataforma jurídica para que esas estructuras compitan en elecciones.

El negocio de los avales

En el fondo, el sistema político colombiano terminó convirtiendo a muchos partidos en empresas electorales, donde se refugia toda clase de personajillos.

Su función principal no es construir proyectos políticos sino otorgar avales, negociar listas, repartir cuotas burocráticas y participar en coaliciones de gobierno o de oposición.

Cada elección se convierte entonces en una subasta silenciosa: quién garantiza votos, quién aporta financiación, quién asegura gobernabilidad.

De esta manera la tan cacareada democracia termina reducida a un mercado de bajo perfil.

El ciudadano ausente

Mientras los partidos se degradan y fenecen, el ciudadano fue quedando por fuera del sistema y como consecuencia la abstención electoral en Colombia se profundiza cada vez más hasta el punto que ya ronda el 45 %, en una señal de desconfianza profunda hacia la política que ya produce asco.

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