Lo que queda rezagado de la política se caracteriza por una ausencia
casi total de iniciativas para presentar propuestas de beneficio social, y
tratan de ejercer la política con una máscara de poder sin credibilidad, utilizando
en su mayor parte las tenebrosas herramientas de la mentira, la calumnia y la
injuria. Las ideas las cambiaron por la ambición, la codicia y la voracidad por
hacer dinero con el trabajo de los colombianos.
En el país los partidos políticos no murieron de un golpe. No hubo un
día exacto para su entierro. Su agonía ha sido lenta, silenciosa y
profundamente conveniente para quienes aprendieron a vivir de ellos (los
partidos).
Hoy las colectividades políticas existen, pero apenas como cascarones
vacíos. Sus actores van tambaleándose sin rumbo. Lo que antes fueron proyectos ideológicos se
transformó en simples vehículos electorales para capturar poder y repartir
contratos.
Entonces, para que sirven las ideologías políticas, cuando las
corrientes partidistas se degradan y mueren lentamente.
Durante buena parte del siglo XX la política colombiana giró alrededor
de dos grandes corrientes: el liberalismo y el conservatismo. Se podía estar
de acuerdo o no con sus ideas, pero al menos existían buenas iniciativas. Los
partidos representaban visiones de país y tenían líderes con formación política
y de honradez.
Ese sistema comenzó a erosionarse con el tiempo y terminó de fracturarse
con la apertura política que siguió a la Constitución de Colombia de 1991. Lo
que buscaba ampliar la democracia terminó produciendo un efecto inesperado: la
multiplicación de partidos sin ideología, sin estructura y sin principios,
casi atraídos por el negocio de la política.
Colombia pasó de tener dos grandes partidos a tener decenas de microempresas electorales. Partidos sin ideas, políticos sin lealtades y sin pensamiento social.
Hoy la política colombiana vive un espectáculo que hace algunas décadas habría
sido escandaloso: los
políticos cambian de partido como quien cambia de camiseta.
Un dirigente puede ser liberal un año, uribista al siguiente,
“independiente” después y finalmente miembro de cualquier coalición que le
garantice un cupo en la lista al Congreso de la república.
Las colectividades dejaron de seleccionar líderes y empezaron a alquilar
avales.
Ese fenómeno explica por qué muchos partidos terminan convertidos en
refugio de personas de baja reputación, y de caciques regionales cuyo único capital
político es la capacidad de movilizar votos mediante redes clientelistasa.
La política dejó de girar alrededor de programas y empezó a girar
alrededor de maquinarias.
El poder real: los clanes regionales
El verdadero poder político en muchas regiones de Colombia no está en
los partidos que fueron respetables; ahora esta lamentablemente en clanes
familiares que han aprendido a navegar entre colectividades según la
conveniencia del momento.
Los partidos apenas sirven como plataforma jurídica para que esas
estructuras compitan en elecciones.
El negocio de los avales
En el fondo, el sistema político colombiano terminó convirtiendo a
muchos partidos en empresas electorales, donde se refugia toda clase de
personajillos.
Su función principal no es construir proyectos políticos sino otorgar
avales, negociar listas, repartir cuotas burocráticas y participar en
coaliciones de gobierno o de oposición.
Cada elección se convierte entonces en una subasta silenciosa: quién
garantiza votos, quién aporta financiación, quién asegura gobernabilidad.
De esta manera la tan cacareada democracia termina reducida a un mercado
de bajo perfil.
El ciudadano ausente
Mientras los partidos se degradan y fenecen, el ciudadano fue quedando
por fuera del sistema y como consecuencia la abstención electoral en Colombia
se profundiza cada vez más hasta el punto que ya ronda el 45 %, en una señal de
desconfianza profunda hacia la política que ya produce asco.

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