Es que en un mes de nuevo mandato han ocurrido tantos,… pero tantos episodios
que no alcanzaríamos a referirnos con detalles en una columna.
Ese tiempo ha sido el mes más trágico, y nos referimos a los más calamitoso,
por el terremoto del 10 de agosto, los incendios forestales, los bombardeos
contrainsurgencia, los ataques guerrilleros y las tormentas políticas que van y
vienen.
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| Otras muestras menores que pasan inadvertidas entre la opinión |
La naturaleza fue la
primera en sacudir el tablero. El 10 de agosto, la tierra recordó su propia
fragilidad con un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en San José del
Palmar, Chocó. El sismo, que se sintió con violencia en dieciséis
departamentos, dejó una huella inmediata. Mientras el suroccidente del país
intentaba desenterrar sus vías bajo los escombros, el clima sumó su propia
condena: una ola de incendios forestales avivados por temperaturas históricas
comenzó a devorar hectáreas en el Tolima y el centro del país, asfixiando los
cultivos, ganaderías, especies menores y estrangulando las cadenas de
abastecimiento de alimentos.
Pero el fuego del mes no fue
solo ambiental; también fue el fuego cruzado de la guerra. En las mismas
semanas donde se debatían planes de contingencia climática, el eco de los
explosivos rompió el silencio en distintas regiones. Atentados guerrilleros, por
un lado, y por otro, unos bombardeos de contraofensiva militar
contrainsurgencia ordenados por el gobierno, tensó las cuerdas de la seguridad
nacional.
Para colmo de males, mientras
las bases del país crujían por la violencia y los desastres naturales, en los
despachos de las capitales se cocinaba otra clase de incendio: el de la
desconfianza institucional. Recordemos entonces que el mes cerró su ciclo
con el ruido de nombramientos altamente cuestionados y polémicas judiciales
en las primeras líneas del poder.
El
laberinto de los espejos (El contraste histórico)
Al ver este panorama de
emergencia total, la tentación de calificar el primer mes de gobierno "el
peor de la historia" es casi irresistible. Sin embargo, cuando se
camina por los pasillos de los últimos veinte años de la política nacional, se
descubre que el caos colombiano siempre ha tenido un ritmo parecido con menos
intensidad, aunque cambien los protagonistas.
Cada una de las últimas administraciones ha tenido su propio "mes aciago", ese periodo donde el gobierno pareció tenerlo perdido.
La herencia del desencanto
El problema de fondo no es que Colombia haya vivido su primer mes de crisis extrema; el verdadero peligro es que nos estamos acostumbrando a vivir en un estado de emergencia permanente. Cuando los terremotos de la naturaleza se mezclan con los incendios de la política y el ruido de la guerra, el ciudadano común termina por sufrir de una fatiga democrática y no creer más en los políticos.
El mes comprendido entre el
7 de agosto y el 7 de septiembre pasará a los libros de historia como un
periodo de prueba máxima. Sin embargo, la gran lección que dejan estos últimos
veinte años es que el prestigio de los gobiernos, sube y baja, congestionando
la memoria histórica la nación.
Pero la historia reciente de
los últimos cinco gobiernos demuestra que el libreto de la crisis colombiana
se repite.
Pero, al final del día, la
tormenta de este mes de gobierno eventualmente pasará, dejando el
terreno listo para la siguiente temporada de disputas. La verdadera crónica de
este país no se escribe con el escándalo del momento, sino con la preocupante
apatía de una sociedad que, de tanto ver caer a sus gobernantes en el
desprestigio, corre el riesgo de perder la fe en sus propias instituciones.
La serpiente sigue mordiéndose la cola y envenenándose, y mientras la
memoria colectiva siga siendo de corto plazo, los colombianos estaremos
condenados a repetir, mes tras mes, el eterno retorno de su propio desengaño.
El ruido de nombramientos
altamente cuestionados y polémicas judiciales


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