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lunes, 7 de noviembre de 2011

EL CANO QUE YO CONOCI


Horacio Serpa

Guillermo León Saenz se dió a conocer como dirigente de la Juventud Comunista. Era la época de “las diferentes formas de lucha”, entre ellas la subversiva, a la que se vinculó en los años setenta.

Con el nombre de Alfonso Cano lo encontré un día en el que acompañando al Consejero de Paz Jhon Agudelo Rios y al Senador Alberto Rojas Puyo, fuimos más allá del Sumapaz a encontrarnos con Jacobo Arenas (Luis Morantes, Piedecuestano) buscando que las FARC pusieran en libertad al hermano secuestrado del expresidente Mosquera Chaux. Allí estaba también Raúl Reyes.

Después lo vi varias veces en Casa Verde, durante el proceso de Paz del Presidente Betancur, que acompañé conscientemente a pesar de la reticencia de importantes jefes de mi Partido. Era un guerrillero diferente a los que ya habíamos conocido en las conversaciones de paz, generalmente “cargados de tigre”, con fusil en la mano, hablando de combates y estrategias guerreristas. Cano era buen conversador, culto, bien informado del país, polémico, dialéctico, político. De eso se hablaba con Cano, de política, siempre en el marco de lograr la paz, sobre la base de la justicia.

Volví a encontrarlo en Caracas, pasada la Constituyente. Había comenzado un proceso de paz con la coordinadora guerrillera en el que Cano abrió los diálogos con una frase que me impactó: “Hemos debido encontrarnos hace 5.000 muertos”. Yo integraba la Comisión de Orden Público conformada por el Presidente Gaviria y dialogando con la guerrilla pretendí sacarle partido al hecho de que Rafael Pardo hubiera sido nombrado Ministro de Defensa, el primer civil en varias décadas. Cano, quien siempre reclamó esa decisión, me contestó sin inmutarse: “Si lo hubieran hecho hace 30 años, no habría guerrilla”. Así era, recursivo, tajante, siempre de su propio lado, sin ceder casi nunca.

Después nos vimos frente a frente, en Tlaxcala. Fue un contradictor de gran escala, por encima de sus compañeros, entre los que estaban Màrquez, Catatumbo, Lince y otros importantes jefes. Me parecía que  las FARC si querían la paz y que Cano era en la guerrilla el impulsador de ese compromiso. No se logró. Algún día habrá que escribir dicho capítulo, que le negó una posibilidad real de concordia a los colombianos. Cuando se rompieron las conversaciones exclamé, dirigiéndome a Cano: “Quien sabe dentro de cuántos muertos nos volvamos a encontrar”.

Cayeron colombianos por millares, antes de encontrarnos nuevamente. Fue en el Caguán, en el proceso del Presidente Pastrana. Me pareció radical. Al término de nuestra última conversación, me dijo: “Ustedes los políticos no son nuestros enemigos, ni los militares; son la oligarquía y los gringos”. Ya no lo vi con ánimo reconciliador y me regresé con la idea de que ese proceso fracasaría.

Con Cano se cumplió la sentencia de Napoleón: “Las guerras comienzan con soldados y terminan con cadáveres”. Ojalá su muerte contribuya a  abrir caminos de reconciliación, pues caído el comandante en jefe puede ser que comience, de verdad, el principio del fin.     

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