domingo, 20 de septiembre de 2026

El afán maquiavélico por el aplauso arrasa con la gobernanza

Por: Bernardo Socha Acosta
En la historia reciente de Colombia no se había visto que el principio de la gobernanza fuera desplazado por un extravagante afán maquiavélico por la popularidad y el aplauso. Detrás de ese egocentrismo, sin embargo, se esconde la trampa del gobernante de fachada.

Para los especialistas en ciencia política, este fenómeno envuelto en el "afán maquiavélico" amenaza las instituciones que mantienen la división del poder. La opinión pública sabe bien que la base de la gobernanza es una manera de administrar el país basada en la cooperación y el diálogo entre el Estado, los gremios y la sociedad civil para tomar decisiones de interés público.

Lamentablemente, el maquiavelismo está llevando a este gobierno a la inútil práctica de la manipulación maniquea, combinada con una evidente incapacidad para estructurar procesos de formulación y emitir actos administrativos técnicos.

Esa arcaica práctica de la manipulación quizás tuvo algún resultado en la antigüedad (el viejo mundo), cuando los gobernantes utilizaban la doctrina religiosa para hacer y deshacer con un pueblo acobardado por la época y las circunstancias. Pero hoy, en pleno siglo XXI, el pueblo ya no se acobarda.

Un hecho visible de esta manipulación maniquea quedó demostrado con el sonado caso, de trascendencia nacional e internacional, del director del DANE, una entidad técnica e independiente. El Gobierno pretende manipular sus resultados y confundir a los colombianos con datos entregados caprichosamente para engañar de forma reiterada a la opinión. Recordemos que el director del DANE, con apenas un mes en el cargo, fue destituido por De la Espriella tras organizar una rueda de prensa para divulgar resultados técnicos.

Ese episodio aceleró los efectos negativos en los sectores gremiales y técnicos. Fue una demostración de la manipulación maniquea que se quiere imponer, bajo la narrativa de que este gobierno representa lo bueno sobre la tierra y el resto es lo malo.

Aquí es donde hay que despertar, despejar incógnitas y afirmar que, cuando la gestión pública se mide por el termómetro de la adulación que circula en los medios corporativos y las redes sociales, y no por la solidez técnica de sus ejecutorias, la improvisación gana la partida. En ese punto, el afán maquiavélico por el aplauso arrasa con la gobernanza y se precipita al fracaso.

Los grandes estudiosos sostienen que el maquiavelismo, al forjar una personalidad egocéntrica, eleva a extremos de grandeza al jefe de Estado y a algunos funcionarios. Estos piensan haber llegado a la cúspide para actuar llenos de una incontrolada ambición, desconociendo la realidad en la que vivimos.

La manipulación ha caracterizado a este gobierno desde sus inicios, apelando a pretensiones maniqueístas para dividir a los colombianos a través de una estrategia discursiva y politiquera. Por fortuna, distintos sectores sociales y económicos ya la vieron venir, advirtiendo el riesgo de volver a las viejas prácticas de la antigüedad, donde se utilizaban falsos conceptos para manipular a quienes consideraban inferiores. De hecho, el propio De la Espriella utilizó el término "cafres" para referirse despectivamente a los colombianos.

Es ahí donde radica la trampa del "gobernante de fachada". Colombia no puede llegar a los extremos más bajos con un gobernante que reciba órdenes externas bajo el señuelo de las ayudas, anulándolo por completo mientras otros toman las decisiones. El país no puede, de ninguna manera, despojarse de su independencia para entregarle el poder a foráneos.

En Colombia, la verdadera clase dirigente, los sectores económicos y la justicia no pueden tolerar a un mandatario que actúe como el simple "firmón" de leyes inspiradas por extranjeros; un presidente que pronuncie discursos con órdenes ocultas y apariencia engañosa para dar la impresión de ser el jefe, cuando solo cumple mandatos de otros. Al final, la trampa del gobernante de fachada no solo engaña a los ciudadanos; termina por atrapar al propio mandatario en un teatro donde la banda presidencial es real, pero el poder le pertenece a alguien más. Y... complementemos esta columna con Los Danieles

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