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domingo, 16 de septiembre de 2012

Umbral de paz

Por Gerardo Delgado Silva
Nuestras Constitución Política, reconoce la paz como un derecho y un deber, agregando que “es de obligatorio cumplimiento”.
Empero, este reconocimiento no es simplemente una formulación jurídica, letra inane.  Adquiere sentido al procurar un contenido de equidad y de justicia, como lo señaló Juan XXIII, en su camino hacia la grandeza.  Palabras más, palabras menos, la paz debe tener un contenido de justicia, y la justicia un contenido de paz, colocándolas en el decoroso nivel que les corresponde en la existencia humana.  Por eso, la “vieja filosofía de Grecia nos ha legado una leyenda según la cual cuando los hombres quisieron fundar la ciudad, los dioses para hacer posible que la ciudad perdurase, le dieron como regalo inapreciable la justicia”.
En nuestra patria, por desgracia ha existido un rosario de guerras y desenfrenos fratricidas que engendran otros, en una rueda de estupidez hasta hoy.
Es una tragedia que arde por los cuatro costados.  Las madrugadas en Colombia amanecen más temprano, emponzoñadas de carnicería soberbia, de holocausto bárbaro.  Una guerra que no se ha podido superar en  más de 50 años, de la cual el Informe Nacional de Desarrollo Humano, con el auspicio del PNUD y la Agencia Sueca de Cooperación, sostiene desde hace años que es “una guerra de perdedores”. 
Los mecanismos contemplados por el Señor Presidente Santos con el propósito de suscribir un acuerdo para acabar con la guerra y comenzar el proceso de paz, es el más encomiable y deseable de los objetivos políticos, es decir, avanzar en aquellos hechos indicadores de que se está llegando al final de la guerra.
El Gobierno tiene que optar por el arreglo propiamente político, como ocurrió en Irlanda y Suráfrica por ejemplo.  La paz hace imperativo materializar una larga lista de reformas y cambios a favor de los más desprotegidos, a los cuales las élites y los gobiernos han hecho a un lado por tantos años.
Para Colombia resultan particularmente interesantes las enseñanzas de paz y lecciones que encierra la experiencia salvadoreña, en donde padecieron por más de 20 años una atroz guerra interna, que sobrepasó en intensidad, destrucción y número proporcional de víctimas al conflicto Colombiano.  Después de varios años de negociación directa y diálogos se firmó el célebre acuerdo, que inauguró una nueva era de convivencia y progreso para esta martirizada nación Centroamericana.
Cuando se entiende el agotamiento de la guerra y existe el coraje para ensayar otro camino, todo es posible si hay voluntad, realismo y decisión, como es el propósito del Presidente Santos, para lograr la restauración del país.
No se trata tan sólo de una inclinación irrevocable de su espíritu, sino también de un deber.  Comportamiento que llevará a los Colombianos a una nueva visión y servirá para acrecer las reservas que en el ser humano valora y dan dignidad a la vida.
Y es que la violencia nunca acaba con la violencia.  Son elocuentes las afirmaciones: “No hay victoria si no se pone “fin a la guerra”, como expreso Montaigne; o como en el mismo sentido señaló John Marshal: “El único modo de vencer en la guerra, es evitarla”.
Así lo demostraron liberales y conservadores al suscribir hace más de cien años, unos tratados que pusieron fin a la guerra que se llamó de los mil días. Terrible contienda.  Toda una carnicería, como la batalla de Palonegro, donde según el historiador Gabriel Camargo Pérez, “sucumbieron cuatro mil ciudadanos en la más cruenta batalla de América Latina…”.
Ahora bien.  La paz no se limita tan solo a la ausencia de guerra, incluye una ambiciosa agenda de profundas transformaciones políticas y socioeconómicas, que han sido ingredientes de todas las guerras colombianas. Las Farc, deben comprometerse a la desmovilización y entrega de armas.  Es imperativo devolver incondicionalmente a los secuestrados en cumplimiento de una obligación jurídica, contemplada en la Convención de Ginebra y los correspondientes protocolos anexos.
La inicua desigualdad en la distribución del ingreso, el ominoso régimen de tenencia de la tierra, los abusivos privilegios que han crecido a la sombra de la política. El penosísimo acceso a la educación y a la salud, deben ser objeto entre muchos otros, de drásticos cambios. Y que, por tanto, se impone buscar a esos males - como lo está haciendo el Presidente Santos – sus hondas raíces. De no ser así, aunque se firme la paz con las Farc, podemos estar seguros, otros, empuñando fusiles o cacerolas, no tardarían en reemplazarlas.
Es tan transcendental esta feliz idea del Presidente Santos, que la comunidad internacional, la Unión Europea y la iglesia católica respaldan el dialogo para la normalización del país.
Se hace indispensable la culminación de un gran movimiento patriótico que se sume al valeroso comportamiento del Señor Presidente, acogiéndonos a la credibilidad política que ha logrado construir.  El Gobierno tiene ya el terreno abonado con la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, que está cumpliendo, para empezar a cubrir la inmensa deuda social del Estado. Con la “Política de Desarrollo Agrario”, que está promoviendo, ha surgido el proyecto de Ley de Tierras y Desarrollo Rural, el sendero para la equidad.
Los detractores del dialogo, con el Señor Uribe a la cabeza, reafirman sus marcados rasgos e irrefrenables deseos beligerantes y una desmedida paranoia, en cuyo nombre se cometieron muchas injusticias, como las atrocidades de los llamados falsos positivos. Genocidios “notorios y preocupantes”, tal como lo evidenció el informe del Observatorio de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de la Coordinación Colombia – Europa – Estado Unidos.
Así mismo, con acusadora precisión este documento señaló “el incremento de las detenciones arbitrarias, una de las consecuencias más visibles de la aplicación de la política de seguridad democrática”.  Y afirmó posteriormente “la paulatina y creciente paramilitarización de la sociedad y las instituciones colombianas…”.
Sostiene el informe que “en el campo económico, el poder que ejercen los grupos paramilitares – se refieren a la administración anterior – es creciente” y agregan que: “Además del control que tienen sobre actividades ilegales, ente las cuales la más prospera continua siendo el narcotráfico, esos grupos han logrado acrecentar sus proyectos agroindustriales de exportación (por ejemplo palma aceitera), contando con el auspicio de programas gubernamentales; se han apoderado de abundantes recursos públicos destinados para la inversión social (tierras, salud, educación y vivienda, entre otros renglones).
En este orden de ideas manifiesta: “Políticamente se multiplicaron los vínculos entre grupos paramilitares y narcotraficantes con gobernadores, alcaldes y parlamentarios”.
Es una práctica recurrente de la ultraderecha apelar a los dobles criterios o raseros.  Tariq Alí proporciona una versión libre pero fiel a la recomendación: “vamos a castigar los crímenes de nuestros enemigos y recompensar los crímenes de nuestros amigos”.  Así pues, los que se oponen irracionalmente al diálogo, convalidan el doble criterio, cuyas desastrosas consecuencias están a la vista, sumiendo a Colombia en el inevitable desfallecimiento moral, que nos agobia.
Y bien. La conducta del señor Presidente Santos, no es una muestra de debilidad.  Se constituye por el contrario en un acto de responsabilidad y de grandeza, convertido en paradigma y modelo.
No fueron ciertamente las armas las que impusieron la resistencia en Francia y los países ocupados, sino el vigor patriótico de sus intelectuales. 
A quienes amamos la paz y la civilidad, nos asiste el ánimo ferviente de solidaridad y de plegarias para que el Todopoderoso trasmita al Señor Presidente, la energía espiritual indispensable, a fin de que se haga realidad su misión trascendente, por el prestigio de Colombia y la guarda de su futuro en todos los aspectos de nuestra vida repúblicana.
                                                                                              Para bersoa comunicaciones 

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