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sábado, 11 de abril de 2015

Ojala hayan leído

                                          Trafugario
Por: José Óscar Fajardo
Uno de los más grandes psicólogos y especialistas en lenguaje de estos tiempos posmodernos se llama Steven Pinker. Es un canadiense profesor de Harvard y uno de los cien intelectuales más influyentes del planeta que viene insistiendo con vehemencia en que se deben realizar cambios culturales en las sociedades en las que la violencia y la guerra sean vistas como algo “estúpido e inmaduro”. Porque, dice él, “solo ello las despojaría de ese halo de nobleza y heroísmo que las guerras tienen y que las ha convertido en una opción muy atractiva para  muchos hombres, pueblos y gobernantes”. Guerra de honor, dicen. Que imbecilidad. Siempre se ha dicho, la guerra es el gran fracaso de la inteligencia. “Hay que tener la dignidad de ser lo suficientemente fuerte para alejarse de la disputa y controlar los impulsos”, afirma Pinker. Esto desde la teoría es muy bacano, porque más adelante se refiere a la necesidad de fortalecer las instituciones y el Estado para que la gente se sienta segura y deje de pretender hacer justicia por su propia cuenta, que es lo verraco en este país de la virgen santísima, el divino rostro y las benditas almas. Y de los bandidos. Por ejemplo, vean lo que argumenta respecto a, por qué algunos países tienen guerras y otros no. “Cuando usted tiene un Estado débil y en anarquía, la gente muchas veces siente la necesidad de defender sus intereses atacando a otros antes de ser atacados”.
Y esto no lo está diciendo cualquier pinche maestro de vereda sino un científico de la psicología experimental, director del Centro de Neurociencia Cognitiva del  Instituto Tecnológico de Massachusetts. En Colombia existen varios vectores de guerra como  injusticia social, corrupción estatal y drogas ilícitas, entre tantas otras. Solo con estas tres variables tenemos para cien millones de años de sangre, si a ello le sumamos la “Cultura de la guerra”, que todos los colombianos llevamos en el ADN por herencia cultural. Entonces hablemos de Santander. Siempre me he preguntado por qué los santandereanos somos tan supremamente “arrechos” para odiarnos mutuamente. Por qué no somos capaces de querer o de admirar al otro. Por qué los instintos primarios afloran con el éxito o la inteligencia del otro.  En cuanto a la pregunta, qué se debe hacer para lograr una sociedad menos violenta, Pinker afirma que, “es clave que haya un gobierno efectivo y que responda a las necesidades de la población. Que la gente le crea”. Y habla sobre la imperiosa necesidad de fortalecer las expresiones culturales y artísticas como también de bienestar social y recreación. Pero esto en Santander es un acto fallido como se puede apreciar, no solo en el manejo que se da a los rubros dispuestos para estos casos, sino en los personajes podridos que los manejan.
He considerado desde que leí por primera vez, El malestar en la cultura, un texto de Freud, que esta, la cultura de la racionalidad y de las Bellas Artes, es quizá el factor determinante para la paz y el desarrollo de los pueblos. Pero el álgido factor al que hago alusión, uno puede colegir de manera sencilla que a los gobernantes les importa un suculento carajo puesto que “eso no produce votos”. Y como la gente identifica cultura populachera con cultura artística, entonces en un municipio para cualquier campeonato de tejo se le asignan cien millones de pesos, produce alta votación, mientras que jamás se contrata un conferencista para que le explique al pueblo la diferencia que hay entre una ranchera arrabalera y una sinfonía de Beethoven. O la diferencia académica entre una novela y una puñalada. Claro. Se necesitan bien ignorantes para poderlos “enredar” y así poder gobernar.   

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